Esta es mi oración, mi religión, mi fe…

Anoche me encontré con una grata sorpresa, unos videos de los Equipos de Pastoral Vocacional Juvenil (EPVJ) en YouTube. Aunque ninguno de los videos tiene algo que ver conmigo. Es decir, no aparezco en ninguno de ellos ni se trata de alguna actividad en la que yo haya participado, ver esto me envió de nuevo a los años 80, cuando tenía unos 18 o 19 años, acababa de salir del ejército y me encontraba con un mundo en gran parte nuevo y en gran parte bastante conocido.

No solo participé en los EPVJ en Valencia, sino que mi experiencia en el “Ciclo Vocacional” (una serie de retiros espirituales en búsqueda del llamado propio de servicio) terminó llevandome a probar la vida religiosa como camino de vida y así, terminé, junto con Alberto Galíndez (aka “Beto”), en el seminario P. Dehon de Caracas.

Hoy en día yo no hablo mucho de mi religión, aunque quien me conoce lo suficiente sabe que soy católico, pero hablo mucho de mi fe, de las cosas que creo y de cómo veo e interpreto las cosas que suceden a mi alrededor.

En esta sociedad -la estadounidense-, hablar de religión es uno de esos temas “incómodos” que no se tratan demasiado ni con demasiada profundidad.

Por una parte, hay un deseo, admirable por demás, de respetar la religión de los demás y no intentar imponer la propia discriminando la de otros. Este “respeto” transforma la religión en algo “privado” en vez de público.

Por otra parte, es un tabú y es considerada motivo de interminables e infructíferas discusiones en una sociedad que parece enorgullecerse de su laicidad y de la separación, en la ley y en la práctica, de Iglesia y Estado, hasta el punto que cualqueir referencia explícita a religión en las escuelas y en los edificios públicos está prohibida, al menos en el papel.

Bueno, no es el propósito de este artículo criticar o siquiera tratar el tema de la religión en los EE.UU, es demasiada tela que cortar…

De lo que quiero hablar es de esa extraña experiencia de auto-descubrimiento que signica la fe y la religión.

Desde mis días en el ciclo vocacional, pasando por la experiencia del seminario (o Caracas II), el noviciado y la comunidad de Caracas I (mejor conocida como Parroquia San Miguel), la vida religiosa siempre significó para mi algo muy terraqueo: acción social. Eso fue lo que me atrajo a los Dehonianos, lo que me motivó a seguir la vida religiosa y lo que aún, muchos años después, me motiva incluso en mi trabajo.

Dios me ha permitido con los años re-descubrir, aprender y redefinir mi fe de manera que a medida que pasan los años me doy cuenta de que “hablar de fe” no es tan importante como “actuar en fe“.

TJ y yo compartimos religiones pseudo-distintas, yo soy católico, ella luterana (aunque Gonzalo me enseñó cuando me daba clases de teología que yo también era en parte luterano) y más allá de los chistes (yo la fastidio bastante) los dos, de alguna manera, entendemos que no se trata tanto de “enseñar” una religión, sino de demostrarla, de vivirla.

Hoy, cuando paseaba a Sophia por el vecindario, mientras la veía dormir y ahora que la tengo dormida aquí a mi lado, me doy cuenta de que, como decía Santa Teresa de Jesús, “Dios está en los pucheros”, en el día a a día, en la cotidianeidad. Y solo necesito ver el rostro de mi hija sonriendo o como se cierran sus ojos mientras se queda dormida para realizar una oración, una acción de gracias por los milagros de los que he tenido la felicidad de ser testigo en mi vida.

De una manera u otra, siempre seré un SCJ, quiero a mis hermanos SCJ tanto ahora como cuando compartí con ellos el camino de la vida religiosa y quizá entiendo más ahora que antes lo que ese camino significa. Pero más allá de ello, me doy cuenta de que hoy igual que ayer, la dehonianidad sigue traduciéndose en trabajar por la justicia social, por equalidad, por ser “Profetas del Amor y Servidores de la Reconciliación”.

Solo espero poder enseñar a Sophia que, más allá de “profesar” la fe, hay que “vivir” la fe y dejar que sea Dios quien guíe el camino, aunque a veces parezca que no hay tal camino, de una manera u otra, Dios encuentra maneras de ayudarnos a re-encontrar la vía hacia su abrazo.


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